viernes, 29 de agosto de 2014

201. Comprando en la feria

La feria (una foto reciclada de un artículo anterior)
Mi madre acostumbra los días martes a ir a la feria que se instala a unas cuadras de nuestra casa. Esta feria ocupa una calle en todo su largo, donde hay muchísimos puestos de frutas y verduras, aparte de pescados, artículos de aseo, legumbres, etc. Recuerdo que años atrás toqué el tema en uno de los "Viajando con Panchito" (lo puedes leer aquí). Cuando chico siempre iba con mi madre, pero con el correr de los años esa costumbre se fue perdiendo.

Curiosamente, el martes recién pasado mi madre me pidió si podía llevarla en el auto a la feria. Aprovechando, mi abuela también quiso que la llevara. Perfecto: las llevé a las dos y les cobré $5000 a cada una por la bencina y, mientras ellas compraban, yo las esperaba en el auto. Total: no es mucho lo que compran.

Mientras iba conduciendo, se me vino a la mente una situación que me ocurrió la última vez que las llevé a la feria en auto. Un pequeño problemilla que me sucedió con una especialista en estacionamiento y protección de vehículos de trasporte de carga y/o pasajeros cuidadora de autos. Déjenme contarles, seré breve.





Llegué al estacionamiento, la cuidadora se tiró a chora y yo me fui. Fin.


















Naaa, ahora les contaré.

Al llegar al estacionamiento (que es un pequeño aparcadero que queda al lado de la feria, es de tierra y casi nunca se usa, excepto cuando hay feria) mi madre y mi abuela se bajaron a comprar. Yo dejé el auto estacionado en paralelo a la calle, como estaban la mayoría de los autos estacionados. De repente, aparece de entre un humo espeso y tenebroso (le pongo color, pero imagínenselo), la famosa cuidadora de autos, algo molesta. Se acercó al auto y me balbuceó algunas palabras, que no logré entender porque estaba escuchando música fuerte.

El estacionamiento de tierra
La miré y bajé un poco la ventana y, luego de bajar el volumen de la radio, le pregunté: "¿Qué me dijo?". Me mira enojada y me dice: "Te estoy diciendo que tení que estacionarte de esta otra forma. Voh estai mal estacionado, y si te ven así me van a retar a mí po". "Pero - le dije -, hay varios autos más que están estacionados como yo, ¿cuál es el problema si no molesto a nadie?". Al preguntarle eso, se da media vuelta, gritando: "Estos no saben ni estacionarse y vienen con sus autos aquí", y se fue murmurando.

Molesto, encendí el motor de mi auto, y me estacioné como ella quería, aun cuando al hacerlo estorbaba el paso de peatones por el sector, sólo para que fuera feliz. Al llegar mi abuela con mi madre, nos fuimos, y le di su propina correspondiente, por estar ahí haciendo algo.

Todo eso recordé cuando iba a la feria el martes pasado. Pero luego concluí que quizás al pasar el tiempo la señora ya no estaba ahí. Y claro, cuando llegué a la calle que me llevaba a la feria, había una señora bajita (distinta a la que fue protagonista de la historia que les conté) indicándome que había un espacio para estacionarme en la calle. Le indiqué que no, porque iba a ir al estacionamiento de tierra que quedaba más cerca de la feria, para que mi abuela y mi madre no caminaran tanto.

Al llegar al estacionamiento miro bien y... ¡¡Qué!! ¡¡La misma señora, la que me dijo que no sabíamos conducir ni estacionarnos, estaba indicándome que debía estacionarme en un espacio que había allí!! No la pesqué, seguí de largo en busca de un lugar mejor, y al pasar por al lado de ella me grita hacia dentro del auto: "¡Ciego!". Yo frené en seco y la quedé mirando. Me dio mucha rabia, pero me contuve y seguí con mi búsqueda.

Se compraron las cosas en la feria y nos fuimos. Esta vez, consideré que no merecía propina, así que nos fuimos. Su cara de enojada me indicaba todo.

No voy a concluir nada. Sólo escribí esta jocosa historia para que vean que siempre me tienen que suceder cosas a mí. Quizá piensen que soy muy complicado, pero me da lata que yo no hago nada y la gente piensa que ando en contra de todos. Es curioso, creo que soy un incomprendido.

Hasta el siguiente artículo, amigos.

miércoles, 20 de agosto de 2014

200. Experiencias de un simple cajero 7

Una de las situaciones contadas en ediciones anteriores de Experiencias
de un simple cajero.
No puedo continuar con mi blog sin antes escribir una nueva edición de Experiencias de un simple cajero. Y sin bien es cierto ya no soy cajero, como ya deben de saber, la verdad es que no puedo cambiar el nombre de la sección, porque me da flojera. Así que aquí les dejo algunas nuevas experiencias que me han ocurrido mientras trabajo.

Una caja
Hace mucho tiempo atrás una señora ya de edad pasó por mi caja con algunos productos... son de estas señoras que tu las saludas y te meten conversa. Verdaderamente, en algunos caso me es una soberana lata conversar con ellas, porque te conversan cosas tan raras que ni las entiendo. Eso no quiere decir que no las pesco; al contrario, al conversar con los clientes mientras pasan su pedido hace que el tiempo pase más rápido. Pero este caso fue muy diferente.

La señora en cuestión fue extremadamente amable y cariñosa
Caja de supermercado
conmigo
. Su voz era tan dulce que me hacía sentir muy bien. Era como una abuelita que cuida con esmero a sus nietos y los mima en todo. Cuando terminé su pequeño pedido me miró y me dijo: "Jovencito, usted me atendió muy bien. Lo felicito: trabajó muy bien. Le podré una felicitación en su libro de sugerencias". Yo sólo atiné a agradecerle sus palabras.

Y aun cuando al revisar el libro de sugerencias nunca me escribió nada, el solo hecho de que te digan cosas como esas te hacen sentir bien: que tu trabajo bien hecho no pasa inadvertido, aunque sea para unos pocos, ya que para el resto de la gente (o la mayoría) tú sólo haces tu trabajo y ya: ES TU DEBER.

Fleje de Supermercado
Tomado de Link
Esta señora contrasta profundamente con otra señora, más joven, así que para diferenciarla de la señora, le diremos señor señorita. Esto es más reciente, como verdulero control caja, y no como cajero. Es muy común donde trabajo tener diferencias de precios en los flejes (el fleje es el letrerito chiquito donde dice el valor de un producto. ¡Ojo! No se llama cosito ni papelito ni letrerito del precio no no no, se llama Fleje). Compró un paté cuyo valor era aproximadamente de $250. Al pasar por la caja le marcó efectivamente ese precio. Ella, muy tranquila, digna de una mujer con principios y valores, subió y bajó a groserías de grueso calibre a la pobre cajera porque ella había visto el paté a $220. Entendamos, señoras y señores, que la diferencia que gatilló a esta venerable señorita a increpar con violencia a la cajera, era de miserables $30. "Claro - pensarán ustedes -, son $30 suyos, y tiene derecho a reclamarlos". Veamos qué pasó.

Era hora de que Panchito entrara en escena. Llegué y... ¿saben qué hice? Increpé e insulté a la cajera para que se sintiera más mal de lo que estaba Me puse entre la cajera y la clienta y, luego de saludarla, le pregunté que qué le pasaba. Luego de gritarme a mí el problema (incluyendo groserías... no iba a quedar ella en menos conmigo), le indiqué que fuéramos juntos a ver el precio a la sala.

Lo que ella no sabía era que diez minutos antes había tenido el mismo problema con el mismo paté, y yo ya sabía que el paté costaba $220 si llevaba 3, y si llevaba uno le salía a $250.

Fuimos a la sala de ventas y, al mostrarle claramente que si llevaba 3 le salía a $220 cada uno, ella quedó sin palabras, y en forma automática (y sin concursos ni sorteos) se ganó una cara malformada y desfigurada que le llegaba al piso. Lo lógico hubiera sido que se tragara sus insultos y me pidiera disculpas, a mí y a la cajera. Pero no olvidemos que vivimos en una sociedad sin respeto (aprovecho de tirar el dato de mi artículo que trata ese tema. Haz clic aquí para leerlo después). Lejos de arrepentirse por tan paupérrimo comportamiento, la señorita tira el paté lejos y, gritando alocadamente, deja toda su compra tirada en la caja y se va. Su léxico se fue a la porra.

¿Qué podemos aprender de esto? Siempre un trato amigable, una sonrisa de oreja a oreja y un vocabulario cortes hará que nuestras vidas sean más amistosas y más gratas. ¿Saben qué es la empatía? Es la capacidad de ponerse en los zapatos del otro. ¿Que pasaría si a ti te insultaran por algo que ni siquiera hiciste? Pues si no te gusta que te traten mal, no trates mal a los demás. Ponte en su lugar. Si los tratas mal, ellos se sentirán mal.

Si estás en una fila de un supermercado, y ves que hay mucha gente, largas filas y pocas cajas, ¿qué ganarás con gritonearle a la cajera? Sólo conseguirás enojarte, hacer que ella se ponga mal y más se demore en atender. Si esperas con paciencia y te lo tomas con humor, créeme que nuestro trabajo sería más grato y tu estadía en la fila más amena.

Amigos: si todos fuéramos empáticos, trataríamos a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros. Si eso ocurriera, haríamos de este mundo un lugar algo más digno para vivir. Y esa es la idea, ¿no?

Pongamos de nuestra parte para vivir en un mundo mejor

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sábado, 16 de agosto de 2014

199. Fíjate por donde andas, pajarón

Clienta: ¿Pero cómo, si adentro dice que la leche vale $500?
Cajero: Sí, pero si lleva 45mil unidades. La unidad le sale $2300.
Hace ya más de cuatro años entré a trabajar como cajero en un supermercado. Al principio, como era part-time y el supermercado cerraba temprano, podía irme en las noches tomando una micro en la Av. Principal, y recorrer un trayecto que no superaba los 5 minutos. Mi lugar de trabajo queda relativamente cerca de donde vivo. Hasta ahí: todo bien. Sin embargo, hicieron unos pequeños cambios en el trabajo que me obligaron a tomar ciertas medidas.Aquí va la descripción personalizada de la entrada que queremos mostrar y que sólo se verá en la portada del blog. Puedes repetir un fragmento de la entrada o agregar una descripción completamente nueva; ésta sólo será visible cuando la entrada esté resumida, una vez que el lector ingrese a la entrada esta descripción no se visualizará.

El supermercado comenzó a cerrar a las 10 de la noche (antes era a las 9), por lo que generalmente salía entre las 10:30 y las 11 de la noche del trabajo. A esa hora es muy difícil encontrar locomoción para llegar a mi casa. Algunas veces mi padre podía ir a buscarme, pero otras no. Así que comencé a ir en bicicleta al trabajo. Hasta ahí: todo bien. Pero lamentablemente mi bicicleta se echó a perder, y mientras mandaba a arreglarla, tuve que volver del trabajo todos los días caminando (un trayecto de unos 10 minutos).

Ladrón: Deme su dinero.
Persona: Disculpe, soy político.
Ladrón: Entonces, deme MI dinero.
Tomado de Link
Para desgracia mía, a mediados del año pasado dos tipos me asaltaron mientras iba caminando a mi hogar, a eso de 20 para las 11 de la noche. Me encañonaron y me sustrajeron mi celular más 30 mil pesos. A pesar de que uno de los tipos le decía al otro "Dispárale no más al hu...", gracias a Dios no pasó a mayores y quedé tirado en el piso mientras el par de zopencos se fue con el botín. Nervioso llegué a casa y, decidido, comencé a juntar mis últimos pesitos para hacer la gran compra de mi vida: un autito.

Finalmente logré comprarme un Chevrolet Spark del año 2013 (nuevo) y con ese voy al trabajo ahora. Feliz feliz, porque es mi primera gran compra, una inversión que me tomará 3 años pagar (ya llevo más de un año). Pero quizás, estimado/a lector/a, te estés preguntando: "Pero, ¿qué diantres tiene que ver todo esto con el título de mi artículo?". Bueno, pues, desde que me compré un auto, pasé de ser peatón a conductor, y en realidad puedo darme cuenta de lo poco prudentes que somos tanto al ser peatones como al ser conductores. Déjenme contarles algunas cosillas que me han pasado durante mi experiencia como conductor.

Naaa, pero si no viene nada. ¿Quién me va a atropellar?
Tomado de Link
Es sabido que somos malos peatones. Pero malos malos maaaalos poh. Somos tan malos que llegamos a ser buenos pa'ser malos como peatones. ¿Cuántas veces hemos cruzado a mitad de cuadra, con luz roja, o corriendo sin mirar a ambos lados? Para qué hablar de cruzar una calle concurrida aun habiendo una pasarela para cruzar con seguridad. Somos tercos: no nos gustan que nos indiquen qué hacer; hacemos lo que queremos y, por pasar por alto algunas precauciones, pasan cosas como la que me pasó a mí un día, mientras esperaba en mi autito que me diera la luz verde del semáforo.

Apenas me dio la luz verde, inicié mi marcha, pero no duré ni un segundo. De improviso aparece un peatón corriendo e intenta cruzar la calle, él teniendo luz roja. Freno en seco y el se detiene. ¿Qué sería lo lógico que debería ocurrir aquí? Cualquier persona en su sano juicio quema mi auto me pide disculpas por cruzar imprudentemente y me deja pasar. Pero no... este es el mundo al revés. El peatón se enoja conmigo y comienza a gritar no sé qué cosas, porque como estaba lloviendo tenía las ventanas cerradas y escuchando música. Pero de seguro me estaba felicitando por meterme en su camino - entiéndase "felicitar" como una forma muy peculiar de subirme y bajarme a groserías -.

Lo cómico de esto es que se puso en medio de mi pista a seguir diciendo pavadas. De un momento a otro se le olvidó que iba atrasado (de otro modo no me explico que llegara corriendo al cruce). Era tanto su enojo que prefería mojarse y seguir moviendo la boca - insisto, no sé que decía -. Al ver que no podía pasar, los vehículos de atrás comenzaron a tocar sus bocinas. Yo comencé a impacientarme porque, igual na que ver que este tipo estuviera molestando mi recorrido. Así que comencé a tocarle la bocina y hacerle señas para que se dejara de joder.

Cuando por fin lo hizo, me dio la luz roja. "Joder", me dije a mí mismo. "Qué tipo más loco", concluí.

En otra ocasión iba saliendo de la calle donde vivo cuando veo un ciclista en medio de la calle. Le toqué la bocina y se hizo a un lado, pero al pasar por al lado de él me gritó: "Idiota". Estimado lector: ¿Qué diablos sucede aquí? 

Historias como éstas tengo varias, pero no quiero latearlos con artículos extensos. Aparte si escribo todo me quedaría sin material para próximas ediciones y mi blog moriría, lo cual no quiero que suceda. Pero así rápidamente puedo indicarles las veces en que los conductores no señalizan antes de doblar, adelantar o cambiarse de pista, o cuando van a exceso de velocidad, o cuando los microbuseros me echan el bus encima, y blablablablablabla... y más bla.

Y bla, bla bla.... Y muchos más bla, que si los escribiera todos, me moriría de viejo y aun así me quedarían unos cuantos bla por mencionar. Lamentablemente, ni conductores, ni peatones se dan cuenta por dónde andan. Caminan donde quieren, pasan con sus autos por donde quieren, los ciclistas andan por en medio de las calles... no me imagino el día en que no existan leyes del tránsito. Ahí si que queda la toletole. Aceptémoslo: todos somos unos verdaderos pajarones.

Con tantos pajarones sueltos (incluyéndome)... prefiero quedarme en casa descansando o creando un blog... cosas por el estilo. Y es que ser conductor tiene sus ventajas, pero también conlleva serias responsabilidades. 

Me siento feliz por poder escribir un nuevo artículo. ¿Te gustó lo que escribí? Compártelo con tus amigos en facebook. Aparte, recuerda que puedes seguirme en Twitter, Facebook y Google+. ¡Hasta la próxima! :D

La Guinda de la Torta :)

domingo, 10 de agosto de 2014

198. Blanco, blanco, blanco

Una caja de OMO
Uf... imagínense ya... muchísimo sin escribir ningún mísero artículo en mi blog. Tiempo en realidad poco me queda. Mi trabajo seglar y mis actividades de índole espiritual (como buen cristiano que soy) me dejan muy poco tiempo para mis hobbies. Sin embargo, no pretendo dejar este lugar en el más absoluto abandono. De hecho, hoy quiero contarles una pequeña historia que me contaron, y que sucedió hace aproximadamente veinte años, cuando tenía sólo 4 años. Es una historia muy curiosa, y espero que les guste.

Como les conté ya, hace unos veinte años una vecina nuestra (que actualmente ya no vive aquí en mi barrio) andaba comprando el pedido del mes en un supermercado que quedaba cerca del centro de Concepción, llamado Multimarket, y que hoy ya no existe. En eso andaba cuando, de pronto, y de manera sorpresiva, aparece el famoso "Inspector Incógnito", esos caballeros que esperan que alguien compre sus productos y, al sorprenderlos, les dan premios. La cosa es que ella andaba comprando detergente OMO (como el de la imagen), y el inspector la pilló.

Le indicó que ganó un premio, pero que antes de canjerarlo, debía responder una sencilla pregunta:"¿Cómo lava OMO?", y ella debía responder: "Blanco, blanco, blanco". Luego de eso, podía obtener el premio.

Mi vecina - quien tengo lindos recuerdos de ella - accedió y, luego de formularle la pregunta y responder con el ya mítico "Blanco, blanco, blanco" (todo esto grabado para una radio local), el inspector incógnico le indicó que debía pasar a la radio (ubicada en pleno centro, frente a la Plaza) a buscar total y absolutamente gratis, DOS CAJAS llenitas de OMO. Ella, muy contenta, quedó en ir a buscarlas.

Nos contaba que, cuando había llegado a casa contando lo sucedido en el supermercado, todos estaban muy contentos, puesto que tendría detergente para lavar ropa durante meses. Habían decidido que ella, junto a su hijo mayor, irían a buscarlas al centro, mientras la hija de al medio y el cabrito chico iban a esperarlos en el paradero de microbuses para ayudar a trasladar las cajas.

En un paradero como este estaban
esperando a la vecina
Bueno bueno... la historia sigue. Mi vecina nos contaba que fueron a buscar las lindas cajas de OMO, y cuando volvieron, no llegaron con ninguna de las dos cajas a la vista. Los hijos menores que estaban esperando en el paradero pensaron que había una equivocación, pero cuando ella les mostró el premio, fue... deprimente, por decir algo. Efectivamente eran dos cajas llenas de OMO: pero eran dos cajas DE DOSCIENTOS GRAMOS (200 gr) cada una. Total: 400 espectaculares y geniales gramos de OMO para ellos solitos.

Al final, no les duró tanto el OMO: tan sólo unas cuantas lavadas y san se acabó. Pero bueno, ¿qué mas podían pedir si era GRATIS? Al fin y al cabo, uno casi nunca gana premios y es más fácil encontrar una aguja en un pajar que ser sorprendido por el bendito inspector incógnito. Así que mi vecina debió de sentirse feliz por su premio, aunque fuera pequeño.

Esa es la curiosa historia del día de hoy: espero que les haya gustado y, por favor, compartan mi blog si les ha gustado. Y no se olviden: OMO lava blanco, blanco, blanco. ¡Hasta la próxima!
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