313. La regla de oro

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La vida de casados es muy, pero muy distinta a la vida que tenía cuando vivía con mis padres. Una de las cosas que cambia radicalmente es que debes preocuparte por llevar el sustento a tu casa y, por ende, comprar las cosas por tu propia cuenta para comer y subsistir. Antes no me preocupaba de eso, puesto que mis padres compraban las cosas. La realidad hoy es que Carla y yo debemos apartar tiempo, una vez cada dos meses, para ir al supermercado a hacer el pedido de comida e insumos.

Una situación que sucedió en una de esas idas al supermercado me recuerda que la vida pasa, y tarde o temprano envejecemos. Y qué ciertas son las palabras de la famosa "regla de oro". Veamos de qué se trata todo esto.

Hace más menos unos seis meses, estábamos con mi esposa comprando en un supermercado mayorista (ya saben... compramos cosas al por mayor, por eso vamos cada dos meses. A la larga sale más rendidor) comprando las cosas para la casa. En eso estábamos cuando, de pronto, me fijé en una señora de la tercera edad que andaba comprando algunas cositas también. Intentaba alcanzar una caja de un producto que no recuerdo, que estaba muy alto para su estatura. Lo intentó varias veces, en vano, hasta que se rindió.

Ninguno de los otros clientes la ayudó, salvo un chico que gentilmente le sacó la caja y se la pasó. La abuelita se alegró mucho, le agradeció y siguió su recorrido. Yo quedé muy feliz, y se lo comenté a mi esposa. Ella me dice: "Por lo menos queda gente que ayuda a los demás".

Este es un fleje. Es el papel donde está escrito
el precio de un producto. En un supermercado
mayorista, aparecen 3 precios: por lo general el valor al
llevar 1, 3 y 6 unidades. 
Seguimos con el recorrido por el supermercado cuando nuevamente nos pillamos con la señora, esta vez buscando entre medio de unos paquetes de pañuelos desechables. Como nosotros también necesitábamos ese producto, nos acercamos a ver los precios. Carla, mi esposa, al ver tan acongojada a la señora, atinó a ayudarla. La abuelita le decía: "Es que hay tantos precios y no entiendo nada".

Claro, porque los precios en los supermercados mayoristas son distintos a los normales en los supermercados convencionales. Porque la gracia de un supermercado mayorista es que, mientras más compras, más barato te sale por unidad (véase la foto de apoyo). Entonces la señora se confundía al ver tantos precios juntos.

Mi esposa la ayudó unos segundos, a lo cual la abuelita le agradeció y, sacando un paquete de pañuelos, continuó su camino a la sección de panadería. Nosotros continuamos por otro lado pero, curiosamente, nos pillamos una tercera vez con ella. En ese supermercado (como en muchos otros) no tienen un trabajador para pesar el pan o las frutas y verduras, ya que ahora es un "autoservicio" (con la excusa de que con eso tienen precios más bajos, aunque lo más probable es que es sólo para abaratar costos para los empresarios al prescindir de un trabajador). La cosa es que la abuela intentaba pesar su pan, pero es comprensible que no sepa cómo usar una balanza electrónica.

Estaba a punto de ir a ayudarla cuando un trabajador, que estaba en un montacarga, se me adelantó y la ayudó a pesar el pan. Agradecida, se fue a pagar.

Esta experiencia me muestra que aun hay gente buena. Muchos me alegan que en mi blog sólo hablo de desgracias y tragedias. Y es que no puedo hacerme el ciego frente a la maldad de la humanidad. Pero tampoco puedo hacerme el leso frente a estas cosas buenas. Aun hay fe en la humanidad... o por lo menos, aun hay fe en algunas personas que siguen actuando con altruismo.

Todos llegaremos a viejos algún día. Por lo tanto,
debemos ser altruistas con quienes necesitan nuestra ayuda.
¿Y qué tiene que ver la regla de oro en todo esto? Primero que todo, ¿conoces la regla de oro? Son unas palabras de Jesús que dijo cuando vivió en la tierra. Por favor, independiente si eres creyente o no, seguramente te interesará leer estas palabras: "Así que todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos" (Mateo 7:12, RV1995). Es muy distinto a lo que muchos dicen con respecto a la regla de oro, a saber: "No le hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti". ¿Por qué es distinto?

Porque las palabras de Jesús incitan a la acción, a que TRATES a los demás como A TÍ te gustaría que te trataran. No es que me quede quieto sin hacer nada para que nadie me haga algo a mí. Yo tengo que hacer cosas por el prójimo, pensando en que así me gustaría que me trataran a mi. Como quiero que me traten bien, yo trato bien a los demás. Como quiero que me hagan cosas buenas por la vida, yo ayudo a los demás por la vida. Esa es la verdadera regla de oro.

El tiempo pasa: todos seremos viejos algún día. Y si tengo problemas para leer un precio, o para pesar el pan, esperaré que alguien me ayude. Pero la gracia está en que no ayudemos a los demás sólo por interés, esperando que nos ayuden a nosotros cuando pidamos ayuda. Las acciones que hagamos por el prójimo deben ser motivados por un amor genuino. Si la gente tan sólo aplicara estas palabras de Jesús... créanme: la mayoría de los problemas de la humanidad se acabarían.

Hagan la prueba: apliquen esta regla de oro, y verán que se siente muy bien hacer el bien a los demás, y entonces, encontrarán la verdadera felicidad. Hasta un siguente artículo.

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